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    Tierra de vientos > La gente > Cultura | Número 15 (Jul.-Ago. 2013)
    Por Edgardo Civallero

Tradiciones enredadas entre cuerdas


Tradiciones enredadas entre cuerdas

Como la mayor parte de los instrumentos andinos, el charango está envuelto en tradiciones populares. Quizás la más conocida sea la del Sereno, Sirinu o Sirena, una especie de "espíritu de la música" andino que habita manantiales, arroyos y quebradas. De acuerdo a la tradición, afina instrumentos y susurra melodías los días martes y viernes, entre la medianoche y el amanecer. Solo los buenos músicos saben escuchar la voz del Sereno, que viene mezclada con el viento y el ruido de las aguas, y son capaces de aprender las canciones para el charango y los versos para las tonadas.

Se dice que los charangos templados por el Sereno ("enserenados" o "encantados") tocan solos, y que sus dueños deben aflojarles las cuerdas por las noches, para que los instrumentos puedan dormir. De otra forma, el charango estaría sonando continuamente, no podría descansar y terminaría teniendo un pésimo sonido.

Además de confiar sus charangos al Sereno, los músicos de los pueblos del área quechua-hablante de Bolivia (norte del departamento de Potosí, Chuquisaca y Cochabamba) suelen introducir una cola de serpiente de cascabel dentro de la caja de resonancia del instrumento, una vez ch'allada de forma adecuada. Se dice que cuando esos charangos cantan, arrinconan a sus rivales y encantan a las mujeres; su voz es seductora y son "dueños de todos los temples" (es decir, pueden tocar igual de bien en cualquier afinación). Este recurso no es bien visto por algunos instrumentistas, que ven en la cola de serpiente algo intrínsecamente diabólico, quizás por influencia de la ideología cristiana.

Cuando el charango es de caparazón de kirkincho (quirquincho o armadillo), algunos músicos le colocan, dentro de la caja, un poco de ají tostado; creen que, con esa medida, evitarán que se raje, algo bastante habitual en ese tipo de material. Si ese caparazón perteneció a un animal hembra, los charanguistas evitan que caiga en manos de una mujer; el instrumento "se pone celoso", se desafina por completo y cuesta muchísimo volver a templarlo.


Artículo. "Serenos de verso, susurros de medianoche", por Juan Mallqui.


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