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    Tierra de vientos > Tradiciones > Leyenda | Número 10 (May.-Jun. 2012)
    Por Edgardo Civallero

Una chica, un muchacho y un cherrufe


Una chica, un muchacho y un cherrufe

(Un cuento mapuche, por Miguel Ángel Palermo. Extractado del libro "Los superhéroes de nuestro pueblo").


Dicen que había una vez un muchacho muy paseandero: le gustaba andar siempre de viaje y recorrer toda la tierra. Y así fue que un día se le ocurrió subir hasta un volcán muy alto. Claro que esta no fue una buena idea, porque en esa zona de la Cordillera los volcanes estaban llenos de cherrufes.

¿Qué son los cherrufes? Los cherrufes son unos monstruos malísimos, altos como un árbol; les gusta comerse a la gente y hacen todo tipo de maldades.

La cuestión es que el muchacho, caminando, caminando, llegó hasta bien arriba del volcán y se encontró con una casa muy grande. (Era la casa del cherrufe que vivía en ese volcán, por eso era tan grande; si no, el cherrufe no cabía, ¿no?). Cuando se acercó, apareció el mostruo y le preguntó qué andaba buscando por ahí, y a él se le ocurrió decirle que quería trabajo, porque pensó que si el cherrufe pensaba que lo estaba espiando, se iba a poner furioso.

— ¡Ah, bueno! —le contestó el monstruo—. Yo preciso de un peón, quedate nomás.

Pero el cherrufe pensaba: “Le voy a mandar que haga cosas difíciles, y si no las puede hacer me lo como”.

En eso, apareció una chica lindísima. El muchacho se enamoró enseguida de ella, y la chica también se enamoró de él apenas lo vio. También ella había sido una chica paseandera, también ella había llegado hasta el volcán y había terminado trabajando para el cherrufe.

El patrón miró al muchacho y le dijo:

— Mañana quiero comer choclos; sembrá y cosechá enseguida, ¡y que mis órdenes se cumplan! —y se fue.

El muchacho se quedó muy asustado (¿cómo iba a conseguir que crecieran choclos en un solo día?), pero la chica le dijo:

— No te preocupés. Acostate en el campo y dormite tranquilo. Ya vas a ver.

Él le hizo caso y, aunque estaba bastante preocupado, se tiró al suelo entre los yuyos y se durmió. Cuando se despertó, estaba en el medio de un maizal enorme. La chica apareció enseguida.

— ¿Cómo puede ser esto? —preguntó el muchacho.

— Y, lo que pasa es que yo sé muchas cosas de magia. Si no, ¿cómo te crees que estaría viva todavía acá, con el cherrufe?

En eso llegó el monstruo, vio el maíz crecido, dijo "¡Mmm!", medio extrañado, y le dijo al muchacho:

— Este lugar es aburrido. ¡Para mañana me tenés hecho un lago lleno de pájaros, patos y todos los bichos del agua! ¡Y que mis órdenes se cumplan!

El muchacho se asustó otra vez: ¿cómo iba a hacer un lago así, de un día para otro? Pero la chica le dijo:

— Quedate tranquilo. Acostate a dormir y vas a ver.

El muchacho se acostó y al rato se quedó dormido. Cuando despertó, ya era el otro día; estaba junto a un lago enorme, tenía parado un flamenco en la cabeza y había un bochinche tremendo de "cuá-cuá" y "prr-prr" y otros gritos de animales del agua. Llegó el cherrufe, dijo "¡Mmm!" y, como no se le ocurrían las cosas de un momento para otro, se fue a pensar qué otro trabajo raro le encargaba.

Pero la chica y el muchacho se cansaron de andar dándole los gustos a ese monstruo caprichoso y se escaparon, montados en un caballo del cherrufe, muy feo pero muy rápido.

Iban a todo galope, cuando sintieron unos pasos fuertísimos: "¡bum, bum!". Era el cherrufe que los venía corriendo, furioso: se quedaba sin peones, se quedaba sin esos dos para comérselos, se quedaba sin caballo... Y aunque el caballo corría mucho, el cherrufe ya los estaba por alcanzar. Entonces la chica dijo:

— Por acá va a haber una niebla.

— ¿Qué niebla si está todo despejado? —le preguntó el muchacho.

— Ya vas a ver —le contestó ella. Y usó su magia.

Y en ese momento se hizo una niebla muy cerrada; el cherrufe no veía nada y se llevó unos cuantos árboles por delante. Así lograron alejarse bastante. Pero al final el monstruo salió de la niebla y los siguió corriendo.

Cuando ya los iba a alcanzar de nuevo, la chica dijo:

— Por acá va a haber una montaña.

Y apareció atrás de ellos una montaña altísima, y el cherrufe perdió un tiempo bárbaro subiendo la cuesta, mientras resoplaba enojadísimo.

Pero al final (¡cómo corría este cherrufe!) ya estuvo otra vez por alcanzarlos. Entonces la chica hizo aparecer una laguna y los dos se transformaron, ella en un pato y él en una vela encendida, puesta sobre la cabeza del pato. El cherrufe llegó al agua, vio esa cosa tan rara y lo único que se le ocurrió fue decir:

— Pato con vela no había visto nunca yo. ¡Ya no saben qué inventar! ¡Qué pavada! —porque era un cherrufe tan malo como tonto, y las novedades no le interesaban.

Así que siguió de largo, fastidiado, y se fue a buscar a la pareja a otra parte. Y como no la encontró, se volvió a su volcán y se quedó ahí para siempre ("Mejor no salir", decía; "¡afuera hay cada pavada! ¡Patos con velas! ¡Puf!").

Y la chica y el muchacho se convirtieron otra vez en personas y se fueron a su pueblo y se casaron. Y aunque siguieron tan paseanderos como siempre, por las dudas ya nunca más se subieron a los volcanes.


Imagen A.


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