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    Tierra de vientos > La gente > Cultura | Número 09 (Mar.-Abr. 2012)
    Por Edgardo Civallero

Los Aymara de Bolivia


 Los Aymara de Bolivia

El término “Aymara” designa, desde tiempos coloniales, a los hablantes del aymar aru o lengua aymara: los habitantes indígenas de la meseta del Collao, descendientes de alguno de los numerosos “reinos” o señoríos que se repartieron la región desde épocas preincaicas. Curiosamente, los destinatarios de este apelativo no lo reconocieron como propio hasta tiempos recientes: siempre fue considerada como una designación foránea.

Tras la fragmentación del territorio de Tiahuanaco/Tiwanaku, el altiplano quedó ocupado por señoríos Aymara que, entre otros restos arqueológicos, legaron las chullpas o torres funerarias, así como algunas fortalezas o pukara. Hacia 1450 estos señoríos fueron anexados al Tawantinsuyu por los ejércitos Inca, convirtiéndose en parte de la “provincia” meridional incaica, el Qullasuyu. A partir de 1535, el español Diego de Almagro dio inicio a la conquista del altiplano boliviano, que terminó de ser incorporado al Virreinato del Perú en 1542.

El periodo colonial (siglos XVI-XVIII) fue testigo de varios levantamientos Aymara, entre ellos el de Julián Apaza Nina (“Tupaq Katari”), su mujer, Bartolina Sisa, y su hermana menor, Gregoria Apaza. Tras poner cerco y asediar La Paz en dos ocasiones, Tupaq Katari fue apresado en 1781 y ejecutado como José Gabriel Condorcanqui (Tupaq Amaru): descuartizado por cuatro caballos. La tradición oral pone en su boca, dirigiéndose a sus verdugos, una frase que se ha vuelto célebre:

Naya saparukiw jiwayapxitata, nayxarusti waranqa, waranqanakaw kut'anixa... / Nax jiwäwa. Akat qhiparux waranq waranqanakaw kutt'anïxa...

[Hoy me matan, pero mañana volveré y seré millones.../ Yo moriré. Pero mañana regresarán millones...]

Tras tres siglos de régimen colonial, de saqueos y robos, de humillación y pobreza, el periodo de independencia y la república no deparó mejor suerte a los Aymara. Se vieron obligados a soportar explotación económica, denigración y aculturación forzada a manos de terratenientes y autoridades. Durante la segunda mitad del siglo XX fueron uniéndose en cooperativas y sindicatos. Las distintas comunidades de habla aymara del altiplano boliviano se reconocieron vinculadas por una organización social común, unas creencias similares y, sobre todo, una misma lengua, y así nacieron numerosos movimientos sociales indígenas.

La actual población Aymara (o aymara-hablante) se concentra en la cuenca del lago Titicaca (Perú y Bolivia), a orillas del río Desaguadero y en torno al lago Poopó (Bolivia), y en el Norte Grande de Chile. En Bolivia, los núcleos más importantes son Chuquiago Marka (La Paz) y El Alto, antiguo “suburbio” de la capital convertido hoy en una populosa urbe de 750.000 habitantes.

Los Aymara urbanos se dedican sobre todo a la venta callejera y a los servicios, aunque evidentemente ocupan también todo tipo de cargos políticos, profesionales y académicos. En las áreas rurales, se concentran en aquellas actividades agrarias y ganaderas que permite el clima altiplánico: cultivo de papa, cebada y quinua; preparación de chuño, tunta y queso, y pastoreo de llamas y ovejas. Por otro lado, también se dedican a la elaboración de textiles (p.e. fajas tejidas con el telar de cintura wak’asawu) y de instrumentos musicales (p.e. los fabricados por los famosísimos luriris o constructores de la comunidad de Walata Grande, provincia Omasuyos, departamento de La Paz).


 Los Aymara de Bolivia

La organización social de los Aymara se basa en el ayllu o familia extendida: una comunidad unida por lazos de parentesco. La autoridad comunal es el jilaqata, que se ocupa de mantener el orden y las fluidez de las relaciones sociales. Los ayllus, a su vez, se integran en agrupaciones mayores, las markas (con sede en los pueblos principales), lideradas por un mallku. Cada comunidad tiene su qulliri o médico tradicional, y su yatiri o sabio, encargado de las ceremonias y ritos, de las ofrendas a los espíritus de la naturaleza y de la adivinación a través de la lectura de las hojas de coca.

Dentro del ayllu se ponen en práctica tradiciones de colaboración, como el ayni o ayuda mutua (la mink’a de los Quechua) y el apthapi o comida comunitaria. Gestos como compartir la ch’uspa o bolsa de hojas de coca o la interpretación de los instrumentos de viento tradicionales en tropas también demuestran el grado de cohesión dentro de una comunidad.

Los Aymara reverencian a los achachilas, los antepasados míticos de cada ayllu, que moran en los cerros más importantes que rodean a la comunidad. Mantienen también un estrecho contacto con la Pachamama, el espíritu de la tierra. Realizan ofrendas a todos ellos en los momentos más importantes del ciclo agrícola anual (dividido en tres estaciones), incluyendo la wilancha o sacrificio de una llama adulta, y las ch’allas (vertido de un sorbo de cualquier bebida a la tierra). Por último, también se relacionan con los espíritus del inframundo (en especial con el Sereno, el dueño de la música, que se asoma a la superficie en los manantiales), con “deidades” como el Ekeko, y con las almas de los difuntos, a las que reciben el día de Todos los Santos al son de los alma pinkillos.

Dividen el universo en tres niveles: el Alaxpacha, el mundo de arriba, por donde se mueven los astros; el Akapacha, nuestro mundo; y el Manqhapacha, el mundo subterráneo, de donde provendría la música, entre otras cosas.

En la actualidad los Aymara son, junto a los Mapuche, uno de los pueblos originarios más activos de los Andes, en términos sociales y políticos. Y también se encuentran entre los más conocidos y reconocibles: por un lado, por su característica vestimenta, por su música y por sus festivales; por el otro, por elementos como la wiphala (bandera andina), el suma qamaña (“filosofía Aymara”), y la celebración del willka kuti/machaq mara o año nuevo del “calendario Aymara”. Éstas últimas son partes de una identidad construida durante las últimas décadas, que tienen poco sustento histórico y escasa autenticidad pero que, como los sombreros hongos típicos de las mujeres paceñas, se han convertido –a veces a fuerza de imposiciones artificiosas- en una suerte de iconos.

Son iconos modernos (y casi new age) para un pueblo antiguo que en realidad no los necesita. Su identidad de siempre sigue en las abarrotadas calles de La Paz o en alguna de las comunidades de las orillas del lago Titicaca o del ancho y desolado altiplano.


Aimara, en Wikipedia.
Reinos aimaras, en Wikipedia.
Túpac Catari, en Wikipedia.
Chuño, en Wikipedia.
Ayni, en Wikipedia.
Artículo. “El pueblo aymara”, en Memoria Chilena.
Artículo. “Pueblo Aymara”, en Ser Indígena.
Artículo. “Historia del pueblo aymara”, por J. P. Arpasi. En Aymara Uta.
Artículo. “Los Aymaras”, en Clinamen.
Artículo. “El matrimonio Aymara”, en Katari.org.
Artículo. “Pensamiento político Aymara”, por Tristán Platt. En Biblioteca de la Casa del Corregidor (Puno, Perú).
Artículo. “Feliz año 5519”, por Isaac Bigio. En Diario Correo.


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