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    Tierra de vientos > Tradiciones > Leyenda | Número 09 (Mar.-Abr. 2012)
    Por Edgardo Civallero

Cóndores y zorros


Cóndores y zorros

A lo largo y ancho de los Andes, los animales siempre han acaparado los papeles principales dentro de las leyendas y narraciones indígenas. Cóndores y zorros han sido, quizás, los personajes más importantes de cuentos y mitos tradicionales: baste recordar, por ejemplo, los zorros de Dioses y hombres de Huarochirí del peruano José María Arguedas.

Dentro de la literatura Aymara, ambos personajes comparten historias y aventuras con el colibrí, el mono, el armadillo, los animales domésticos y los seres humanos. El cóndor es un ser poderoso, mientras que el zorro es un truhán cuyas andanzas, por lo general, terminan en desastre.


Una de las leyendas más famosas relativas al cóndor es kunturimp tawaqumpi, "el cóndor y la muchacha".

Cuenta el relato que una joven pastora comenzó a recibir la visita diaria de un muchacho galante y bien vestido, que la ayudaba a cuidar su rebaño y la acompañaba mientras hilaba la lana. Una vez la hubo enamorado, el joven mostró su verdadera naturaleza: se trataba, en realidad, de un enorme cóndor. Raptó a la moza y se la llevó volando a su nido, situado en lo alto de una peña. Allí la mantuvo aislada del mundo, alimentándola con carne pútrida primero, con carne cruda después y con carne asada al final. Dado que la joven se negaba a comer, el cóndor decidió buscar algo diferente. En su ausencia acertó a pasar cerca del nido un loro al que la muchacha prometió todo lo que tenía en su casa si la bajaba de allí. Una vez en su hogar, y tras pagar al loro, la joven le contó a la madre todas sus aventuras, y ésta, temerosa de que el cóndor fuera a buscarla, la escondió dentro de un enorme cántaro. Cuando el cóndor volvió a su nido y lo encontró vacío, fue a casa de su esposa y, posado en el techo, le preguntó a la madre donde estaba. Al no dar con ella, lloró desconsoladamente y se marchó.

Cuando la madre abrió el cántaro, encontró los huesos blancos de su hija en medio de un mar de sangre. Ésa fue la maldición del llanto del cóndor. Desde entonces se dice que no es bueno hacer llorar a un cónyuge.

Una de las tantas versiones Quechua del cuento (en concreto, la cuzqueña) dice que la muchacha bajó con la ayuda de un colibrí, el cual colocó en el nido un sapo y le informó al cóndor que su mujer se había convertido en una alimaña. Sorprendido, el cóndor no tuvo más remedio que resignarse, y el colibrí obtuvo, como recompensa, todas las flores que la chica cultivaba en su jardín.


En relación al zorro, la leyenda más famosa es tiwulamp qala kayumpi, "el tío [zorro] y el burro". Una pareja vivía en el altiplano junto a su ganado y su burro. El hombre tuvo que salir de viaje, y la mujer quedó a cargo de los bienes familiares. Todas las noches amarraba al burro con un lazo de cuero, y todas las noches el zorro lo desataba y se llevaba el lazo. La mujer, preocupada por los robos, preguntó al burro —único testigo de los hechos— cómo ocurría tal cosa, y el animal se limitó a responder que lo único que hacía ella era molerlo a palos y matarlo de hambre, y que por ende él no diría una sola palabra. Tras recibir cuidados y la promesa de buenas raciones de forraje en el futuro, el burro pidió a la mujer que le cubriera el cuerpo con quinua hervida, tras lo cual fue a tirarse ante la puerta de la madriguera del zorro esa misma noche. Salieron muchísimos zorros con toda clase de lazos —los robados a la mujer— para llevarse al burro, creyéndolo muerto (la quinua lucía como gusanos). Antes de que pudieran atarlo el burro los mató a todos a patadas, y regresó los lazos a su dueña. Desde entonces, se dice que para evitar problemas conviene cuidar a los animales de la casa y alimentarlos convenientemente.


La última leyenda, kunturimp qamaqimpi, asocia al zorro y al cóndor. Él último encontró al primero royendo unos huesos sucios en un pajonal. Al preguntarle qué hacía, el zorro repuso que estaba muerto de hambre y que poca cosa había para comer en los alrededores, como no fueran esos restos hediondos. El cóndor, apiadándose de él, lo invitó entonces a una fiesta en el cielo, en donde habría comida y bebida en abundancia. Y allá fueron, el cuadrúpedo montado entre las alas de la enorme ave. Ambos comieron hasta hartarse y se emborracharon. A la hora de volver a la tierra, el cóndor no halló a su compañero de juerga y, sin pensarlo demasiado, se volvió solo. Cuando despertó, el zorro descubrió que estaba varado en el cielo, así que, mientras preparaba una larga soga de paja, robó y se hartó con todos los manjares que encontró en aquellas tierras. Finalizada su cuerda, y al ir bajando por ella hacia la tierra, dio la casualidad que el zorro se cruzase con un loro que pasaba volando por allí. Al no poder resistir la tentación de burlarse de él, el loro cortó la cuerda y el zorro cayó sin remedio y se estrelló contra el suelo, reventándose sus tripas y esparciéndose su contenido. Algún tiempo después, un hombre que pasaba por ese sitio encontró plantas que no conocía: maíz, calabaza, habas... Todas ellas habían nacido de las semillas que el zorro comió en el cielo. Se dice, pues, que gracias a la muerte del zorro (y a sus malas acciones en el cielo) los hombres de la tierra han podido disfrutar de esos cultivos.


Relatos tomados de "literatura Quechua y Aymara" de Donato Gómez Bacarreza


Imagen A.


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