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    Tierra de vientos > Tradiciones > Leyenda | Número 08 (Nov.-Dic. 2011)
    Por Edgardo Civallero

El Sirinu


El Sirinu

La música de los Andes está asociada a ritos propios de sociedades agrícolas y pastoriles: ceremonias en las cuales se agradecen cosechas y rebaños y se hacen ofrendas para intentar garantizar el clima y las condiciones necesarias para la abundancia de las futuras producciones.

En términos agrícolas y musicales, el año suele dividirse en el periodo de lluvias (jallupacha, desde Todos los Santos a Carnavales) y el periodo de frío y sequía (awtipacha). Tal alternancia estacional lleva asociada una alternancia paralela de instrumentos y ritmos: el pinkillo, la tarka y la guitarra se emplean durante el jallupacha, pues se dice que convocan a las nubes de lluvia y ayudan a que los cultivos se desarrollen; por su parte, la quena, las zampoñas y el charango suenan durante el awtipacha, pues se cree que “soplan” las nubes, provocando cielos despejados y las heladas necesarias para hacer el ch’uñu (papas congeladas, uno de los principales medios de conservación de este producto en el altiplano boliviano).

Ese “poder” de los instrumentos se debe a que, en los Andes, todos ellos tienen ajayu: “espíritu”, “corazón” o “alma”. Este ajayu no es innato, sino que se adquiere tras el encuentro de los instrumentos con una entidad sobrenatural. En Bolivia, dicha entidad es conocida como Sirinu o Sereno, un espíritu saxra o “demoníaco” (esta última, una etiqueta atribuida por la Iglesia cristiana) que vive en grietas, quebradas, cascadas, arroyos y manantiales, y que, según se dice, es el dueño de la música y los buenos sonidos: el que entrega la primera a aquellos que saben escuchar su mensaje (difuminado en el viento o la corriente del agua) y el que transmite los segundos (el ajayu) a los instrumentos que se le ofrecen.

El Sirinu aparece durante el jallupacha, tras la fiesta de San Sebastián, y desaparece tras la anata o Carnaval, cuando acaba la estación húmeda. Mora en el manqhapacha, el “mundo de abajo” (asociado por los cristianos al infierno), es decir, en el propio vientre de la Pachamama (en quechua, “la madre de la tierra, del universo”), del cual todo se origina y al cual todo vuelve. De acuerdo a la cosmovisión andina, la música procede del manqhapacha. Y una de las “puertas” hacia ese mundo subterráneo son los manantiales: precisamente donde el agua que surge de las profundidades, al salir, hace ruido, “canta”, “trae la música desde abajo”.

Durante el jallupacha cuando se realizan ofrendas al Sirinu a cambio de sonidos y canciones: los hombres buscan música y ajayu para sus instrumentos; las mujeres, cantos. Por lo general, los intérpretes dejan sus instrumentos (charangos, guitarras, flautas, acordeones, bombos) junto al lugar en donde se supone que mora el Sirinu, para que este los afine (los “temple”) y les de ese “toque especial” que hace que suenen “únicos”, “superiores” a todos los demás “no templados”. El proceso se llama “serenado del instrumento”. Otros sencillamente realizan su ofrenda (ch’alla de alguna bebida, hojas de coca, comida) y se pasan la noche a la vera del manantial o el arroyo, escuchando la voz del agua, que es la voz del espíritu y les susurra melodías.

Los temas obtenidos se interpretarán durante ese año con los instrumentos apropiados para cada época y luego se guardarán hasta que, en la estación siguiente, se consigan otros nuevos.

En el centro-sur de Perú, “la Sirena” es un ser mítico de características similares al Sirinu, y está asociada específicamente al charango. Los jóvenes casaderos, que usan el instrumento para cortejar a las mozas, los dejan a orillas de las corrientes de agua donde viven las nereidas andinas, las cuales afinan el cordófono de manera que su sonido embelese sin remedio.

La tradición del afinado de un instrumento o la obtención de música de manos de fuerzas sobrenaturales no se limita al Sirinu: en el noroeste de Argentina se habla de “la Salamanca”, un lugar mágico-demoníaco en donde, según se dice, los grandes músicos obtienen sus habilidades, a veces a costa de vender su alma al demonio. También se dice que muchos instrumentos tienen “duende” (sobre todo los acordeones), y que algunos de ellos (por ejemplo los bombos) poseen el poder de convocar las fuerzas de la tierra.

El compositor y cantautor chileno Osvaldo Torres escribió el cuento “Esteban Jarro”, popularizado en un disco del grupo italiano Trencito de los Andes (“Escarcha y sol”, 2000). Se trata del relato de un vendedor de charangos ciego que incluye numerosos detalles sobre la tradición del Sirinu.


Artículo. “Los Ajayus de la música del Carnaval”, por Richard Mújica, en Jach’a Kamani.
Tesis. “La música en la fiesta de Todos Santos: las nuevas prácticas y representaciones musicales en la despedida de las almas en Ovejuyo”, por Diego Machicao Arauco. Ver capítulo “El origen de la música”, pp. 31-34.
Sirinu, en Diccionario Religioso Aymara (Universidad Católica Boliviana San Pablo)
Artículo. “El charango y la sirena: música, magia y el poder del amor”, por Thomas Turino, en Charango Perú.
Artículo. “Serenos de verso, susurros de medianoche”, por Juan Mallqui, en Causa y Efecto.
Letra de “Esteban Jarro”, por Osvaldo Torres.


Imagen A.


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