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Tierra de vientos > Instrumentos > Instrumentos | Número 03 (Ene.-Feb. 2011)
Por Edgardo Civallero

Chaski Guaman Poma de Ayala
Los aerófonos andinos: historia (II)

Los instrumentos de viento cuentan con una larga historia en los Andes, atestiguada por los numerosos hallazgos arqueológicos desenterrados en los territorios de las diferentes culturas que lo habitaron (ver “Los aerófonos andinos: historia (I)”)
El registro más detallado que se posee de los elementos sonoros de una sociedad prehispánica andina pertenece a los Incas. Además de las evidencias arqueológicas, se cuenta con documentos escritos. Pues los cronistas españoles (y los posteriores escritores mestizos de ascendencia incaica) describieron tanto sus flautas como las fiestas en las que las empleaban, las danzas que acompañaban y los cantos a los que proveían de melodía.
Los primeros diccionarios de idiomas indígenas fueron los mejores descriptores de la organología nativa andina, tanto el de lengua quechua preparado por Diego González Holguín (1608) como el de aymara de Ludovico Bertonio (1612). En el de quechua se hallan términos que designan instrumentos de viento (p.e. “qquepa” o bocina, “pincullu” o flauta, “antara” o flauta de Pan), danzas, tipos de canción e intérpretes. Con el de aymara sucede otro tanto: Bertonio habla asimismo de “qhuepa” y “pincollo”, pero también de “sico” y “ayarichi” (flautas de Pan) o de tipos particulares de flautas verticales, como “cchaca pincollo” (flauta de hueso) o “quenaquena” (flauta de caña).
Las crónicas y descripciones literarias van un paso más allá. En la célebre “Nueva Corónica y Buen Gobierno” (ca. 1615), Felipe Guaman Poma de Ayala dedica varios capítulos a las fiestas de las cuatro “provincias” o regiones del Tawantinsuyu o “Imperio Inca”:
“CAPÍTVLO PRIMERO DE LAS FIESTAS, PASQVAS y dansas taquies de los Yngas y de capac apoconas y prencipales y de los yndios comunes destos rreynos, de los Chinchay Suyos, Ande Suyos, Colla Suyos, Conde Suyos. Los quales dansas y arauis no tiene cosa de hechisería ni ydúlatras ni encantamiento, cino todo huelgo y fiesta, rregocixo. Ci no ubiese borrachera, sería cosa linda.
Es que llama taqui, cachiua, haylli, araui de las mosas, pingollo de los mosos y fiesta de los pastores llama miches, llamaya y de los labradores pachaca, harauayo, y de los Collas, quirquina, collina, aymarana, de las mosas, guanca, de los mosos quena quena.
En estos huelgos que tienen cada ayllo y parcialidad deste rreyno no ay que dezille nada ni se entremeta ningún jues a enquietalle a los pobres sus trauajos y fiesticillas y pobresa que hazen cantar y baylar, comer entre ellos”.
El autor se anima a transcribir las letras de muchas de esas canciones en quechua, y lista en sus páginas hasta diez instrumentos incaicos, entre ellos el “pipo” (flauta hecha de grandes cañas) y la “chiuca” (trompeta de cráneo). Además, provee fabulosas ilustraciones en las cuales aparecen, por ejemplo, las famosas bocinas de caracola usadas por los correos imperiales o chaski. Y, por cierto, agrega algunos párrafos en los que pide a las autoridades coloniales que no condenen esas expresiones musicales, ni se entrometan en las fiestas, ni juzguen tan duramente a los que participan en ellas.
Por su parte, Bernabé Cobo, en su “Historia del Nuevo Mundo” (1653) menciona la “quenaquena” y el “churu” (trompeta de caracola), agregando además un buen número de instrumentos de percusión en sus descripciones de la vida del Tawantinsuyu.
El Inca Garcilaso de la Vega, en el capítulo 26 de sus “Comentarios Reales de los Incas” (1609), habla de esta forma de la música de flautas ejecutada en tierras incaicas:
“Tuvieron flautas de cuatro o cinco puntos, como las de los pastores; no las tenían juntas en consonancia, sino cada una de por sí, porque no las supieron concertar. Por ellas tañían sus cantares, compuestos en verso medido, los cuales por la mayor parte eran de pasiones amorosas, ya de placer, ya de pesar, de favores o disfavores de la dama.
Cada canción tenía su tonada conocida por sí, y no podían decir dos canciones diferentes por una tonada. Y esto era porque el galán enamorado, dando música de noche con su flauta, por la tonada que tenía decía a la dama y a todo el mundo el contento o descontento de su ánimo, conforme al favor o disfavor que se le hacía. Y si se dieran dos cantares diferentes por una tonada, no se supiera cuál de ellos era el que quería decir el galán. De manera que se puede decir que hablaba por la flauta”.
Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, en su “Historia de la Villa Imperial de Potosí” (ca. 1555) describe los ayarichi, una variedad de flauta de Pan todavía empleada en Bolivia:
“[Tocan] unos cañutillos aunados duplicadamente, que siendo mayor el primero van disminuyéndose hasta el último que es pequeñito, y soplando de cabo a otro hace la armonía conforme el tamaño de la caña, y llaman a este instrumento ayarichi”.
Los testimonios escritos fueron muy numerosos. En ocasiones se limitaban a mencionar de pasada danzas, flautas, tambores y sonajeros; en otras, procedían a una detallada descripción. No fueron pocos los textos que observaban las costumbres indígenas desde una perspectiva europea, llegando al punto de tildarlos de “salvajes” o “idólatras”. Unos pocos cronistas, sin embargo, plasmaron su asombro al descubrir la belleza de los sonidos que esos instrumentos y esos intérpretes podían alcanzar.
Las investigaciones arqueológicas y etno-musicológicas contemporáneas permiten saber a ciencia cierta que la gran mayoría de los aerófonos andinos actuales derivan de las flautas empleadas en el antiguo Tawantinsuyu, y, por ende, permiten suponer cómo eran los instrumentos y los sonidos en aquellos tiempos pasados. En tales investigaciones, los escritos de los cronistas coloniales juegan un rol decisivo. Con su sabor a descubrimiento y a primer acercamiento, proporcionan la prueba definitiva que demuestra los lazos entre las zampoñas, quenas, bocinas y pinkillos de nuestros días y aquellos que aparecen enterrados en tumbas o pintados sobre la superficie cerámica de algún cántaro. Son una parte invaluable de la historia de los aerófonos de los Andes: la parte que quedó escrita por vez primera y para siempre.