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Tierra de vientos > La gente > Cultura | Número 02 (Sep.-Oct. 2010)
Por Edgardo Civallero

Los Chipaya

Los Chipaya
Los Chipaya se autodenominan “hombres del agua” o qhwaz-za zhoñi (kjotsuñi). De acuerdo a su historia oral, los primeros Chipaya surgieron junto al lago Ajllata (actualmente desaparecido), de donde habrían sido expulsados tras ser acosados por los Aymara, y fueron a radicarse en el inhóspito territorio que habitan en la actualidad: un arenal a 4.000 mts. de altura en las orillas del menguante río Lauca, cerca del salar de Coipasa, en las provincias de Atahualpa y Carangas (departamento de Oruro, Bolivia).
Se los supone relacionados con los “Uru” que viven en las islas del lago Titicaca. El nombre “Chipaya” es de origen aymara, y podría referirse a las redes ch’ipa que emplean para sujetar los tejados de sus casas. Los Aymara también los llaman chullpa puchu, “lo que queda de los Chullpas”, por considerarlos descendientes de los míticos Chullpas, antiguos pobladores de esa región del altiplano. Las diferencias físicas con otras poblaciones indígenas andinas han servido de excusa para que sean discriminados por su piel más oscura y sus costumbres “bárbaras” y “primitivas” por los propios Aymara, sus opresores tradicionales a lo largo de los siglos.
Las tradiciones, las vestimentas, el peinado de sus mujeres, sus instrumentos musicales y su arquitectura tradicional han llamado la atención de antropólogos y turistas por igual. Su asentamiento más importante es la población de Santa Ana de Chipaya, un lugar inhóspito rodeado de lagunas de agua salitrosa. Allí se dedican a sembrar quinua y cañihua (cereales nativos altiplánicos que son la base de su alimentación) en cantidades suficientes para el auto-sustento, algo que logran gracias a un proceso de desalinización de las tierras y de gestión de las escasas aguas a través de acequias. Ese mismo proceso les permite regenerar algunos pastizales en los que alimentan a sus escasos rebaños de ovejas y camélidos andinos (especialmente llamas). En las lagunas, además, abaten aves acuáticas con sus boleadoras tradicionales de bolas de plomo, siguiendo técnicas depuradas y antiguas de caza en grupo. Los magros excedentes de su producción agrícola y ganadera son intercambiados en poblaciones Aymara vecinas. Debido a que tan paupérrimos recursos no bastan para mantener su población, los hombres Chipaya se ven forzados a emigrar y buscar trabajo, generalmente en la vecina República de Chile, distante unos 40 kms. de su territorio.

Los Chipaya
Las casas Chipaya (wallichi koya) son totalmente distintas a las de otros pueblos andinos. Son circulares, con muros de tepes (bloques de tierra seca y raíces de gramíneas extraídos directamente del suelo) revocados de arcilla y con un techado cónico de ramas de thola cubierto a veces por una red de paja trenzada para evitar que se vuele con el viento. No hay ventanas, y la única abertura de la estancia, la puerta, se orienta al este, para evitar que el viento arrastre al interior la arena de las dunas entre las que viven. La escasa madera de la que disponen –deben desplazarse hasta 30 kms. para dar con tholas o cardones secos- es usada en las puertas y en el techo de sus viviendas. Para cocinar y calentarse en las duras noches de la puna emplean la yareta, una planta altiplánica rastrera de crecimiento lento y gran poder calorífico.

Los Chipaya
Otro tipo de construcción son los phutuku, utilizados como graneros o refugios de pastores. Son estructuras con forma de colmena o lágrima, hechas totalmente de tepes. Poseen una puerta de entrada y no tiene ventanas ni techo de paja.
Antes de habitar su casa realizan el sacrificio de un animal y rocían paredes y techos con su sangre. Además, colocan un gato salvaje disecado en el tejado para que los proteja de los malos espíritus. Las casas están organizadas, como en gran parte del mundo andino, en dos parcialidades que definen al pueblo: Tajata (“la mitad de arriba”) y Tuanta (“la mitad de abajo”). Cada una de estas parcialidades tiene su propia iglesia (los Chipaya profesan un catolicismo impregnado por sus propias creencias) y rinde culto a un mallku o deidad diferente.
Al igual que sus vecinos Quechua y Aymara, los Chipaya mastican las hojas de coca para combatir el cansancio, el hambre y el suruqchi o mal de las alturas. También emplean esas hojas en rituales de adivinación, una tradición compartida a lo largo y ancho de los Andes, y equivalente a la vieja costumbre occidental de “leer” o interpretar la borra del café o del té.
Su indumentaria más tradicional está confeccionada de lana de llama u oveja de color pardo, marrón o crudo. Incluye pantalones, una túnica sin mangas amarrada a la cintura con un cinturón del que penden las boleadoras, la bolsa de coca y varios artilugios más, y el indispensable poncho. Hombres y mujeres llevan gorros de fieltro y sandalias elaboradas con neumáticos viejos. El peinado de las mujeres se caracteriza por el trenzado de los cabellos: sesenta trenzas divididas en dos mitades, a las que amarran una cantidad diversa de pequeñas figurillas metálicas. Ese mismo peinado ha sido hallado en las momias encontradas en las enormes torres monolíticas de piedra que constituyen las tumbas de los Chullpas. Por ese motivo –y por el propio testimonio de los Chipaya, que aseguran ser descendientes directos de esa cultura milenaria- los arqueólogos han supuesto un vínculo histórico entre ambos pueblos.
Sus instrumentos musicales tradicionales son muy antiguos. Destaca el conjunto de zampoñas maizu, el más ancestral de acuerdo a los propios Chipaya. Lo componen una flauta de pan de tres tubos y tres de dos tubos. La primera se considera masculina (lutaga) y las otras, femeninas (mataqa). Este grupo principal se complementa con un silbato de arcilla llamado wauqu. Se trataría de instrumentos sagrados, interpretados solamente en ocasiones ceremoniales. Ernesto Cavour llama khokho peks ira arka al conjunto maizu, y khokho-ché al silbato.
También emplean los ch’utu o ushny pinkayllu, dos flautas de madera de thola o sauce con seis agujeros y dos tamaños (paquilla y qoltaylla), tocadas al unísono y acompañadas con bombos, cajas, la bocina doti de cuerno de vaca y una campana o cencerro de llama, el único instrumento que pueden tocar las mujeres. Otros instrumentos interpretados son los lichiwayus y las tarkas (tar pinkayllu, en tres tamaños: paj, cin-talla y qolta), probablemente préstamos de los Aymara; así como los sikus de dos tamaños, que Cavour llama pak-taipi maisho peks, “el grande y el mediano del abuelo”: dos zampoñas de una sola hilera, de siete y seis tubos respectivamente; las flautillas de hueso de cóndor o parina (flamenco), la ushni caja o caja cuadrada, la chap isquin caja o caja triangular, la pap pish isquin caja o caja rectangular, la maizu caja o caja Chipaya por excelencia, y la “guitarrilla Chipaya” de 5 cuerdas dobles y tres tamaños (paj, taipi y qolta).
Su mito de creación cuenta que los Chullpas, los hombres primigenios, vivían en la oscuridad, alumbrándose solo con la luz lunar. Tras muchos siglos, los sabios pronosticaron la salida del sol (thuñi) por el oeste. Los Chullpas construyeron casas con puertas hacia el este, para evitar el calor abrasador del nuevo astro. Sin embargo, el sol salió por el este y los calcinó. Sólo una pareja consiguió meterse en el agua y sobrevivir. Allí vivían de día, y de noche salían a hacer su vida normal. Así hicieron hasta que se acostumbraron al nuevo ritmo de días y noches. Ellos serían los ancestros de los actuales Chipaya.
Entre sus creencias actuales se encuentra el respeto hacia los mallkus o deidades masculinas y sus complementos femeninos, las t’allas. Los mallkus pueden ser cerros o pequeños monumentos. Asimismo, reverencian a ciertos animales, como el gato salvaje o moteado de los Andes, y a sus difuntos, para los cuales realizan “mesas de comida” el día de los Difuntos.
La cultura Chipaya es uno de los tesoros más antiguos de los Andes bolivianos. De su supervivencia depende que su acervo cultural no se pierda para siempre. La recuperación de su lengua y su tradición oral (ver) es un primer paso en este sentido. Sin embargo, los cambios climáticos (que están haciendo desaparecer lagunas y ríos de su región) y la presión evangelizadora de distintos grupos religiosos y cultural del Estado nacional pueden poner en peligro a las futuras generaciones de Chipaya. Unas generaciones que, seguramente, serán conscientes de que son los herederos de una raza milenaria.

Uru (etnia), en Wikipedia.
Cultura uru chipaya. MUSEF.
Una aproximación milenaria: los Chipayas.

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Video 01. Documental sobre los Chipaya [en].