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Tierra de vientos > La gente > Cultura | Número 01 (Jul.-Ago. 2010)
Por Edgardo Civallero

La cultura andina
    Por mi tierra sí camino / con el soplo vital de la zampoña / y golpe de sangre en el tambor. / Así voy, / con azadones de arco iris andinos / sembrando en los surcos del indio / la esperanza del canto.

    Arak Pacha. “Cantatierra”. Del álbum “Por los senderos del indio”.
La etiqueta “cultura andina” ha sido bastante difundida por folkloristas, indigenistas, artistas regionales y organizaciones tradicionalistas, quizás como un modo de reforzar o resaltar su identidad. Suele verse asociada con una iconografía determinada (generalmente motivos prehispánicos incaicos o tiahuanacotas), con ciertas ideas de “cosmovisión-espiritualidad-religión-ecología andina” y con algunas costumbres y expresiones culturales nativas de regiones concretas de los Andes.
Sin embargo, dicha etiqueta hace hincapié en una parte mínima –por importante que parezca ser- de las pautas de las sociedades que habitan la cordillera. En ocasiones, ese fragmento es deformado, malinterpretado o enfocado desde puntos de vista personales e interesados, que buscan obtener algún fin valiéndose de la cultura de muchos pueblos distintos. Se trata, en resumidas cuentas, de una especie de mito moderno, un estereotipo que no debería ser aceptado con la facilidad con la que se lo acepta hoy en día y que, al menos, tendría que ser discutido y reformulado.
Desde una perspectiva estricta, no puede hablarse de una “cultura andina” como tal. Las gentes que pueblan los Andes de norte a sur son tan diferentes entre sí como las que viven en Europa. Referirse a una “cultura andina” implica escoger y subrayar solamente un puñado de valores compartidos o no, aunque en ese empeño (homogeneizador y limitador) se pierdan muchísimos rasgos únicos de cada región.
En líneas básicas, la idea de “cultura andina” se vincula a algunos patrones del área central peruana y del altiplano y las montañas de Bolivia, es decir, de las culturas Quechua y Aymara. Éstas, a pesar de sus diferencias, mantienen muchos elementos comunes, quizás debido a la dominación que impuso el Imperio Inca (Quechua) a los señoríos Aymara del sur. La influencia del Tawantinsuyu alcanzó también el norte de Perú, Ecuador, el noroeste de Argentina y la mitad norte de Chile, cubriendo todo con una especie de pátina homogénea que es la que el concepto de “cultura andina” pretende rescatar. Sin embargo, las culturas locales dejaron en sus diferentes áreas una impronta demasiado importante como para ser ignorada. Y además, existen pueblos que jamás fueron domeñados por los Incas y que aún hoy poseen un acervo cultural en nada parecido al estereotipo andino-incaico, como los Mapuche patagónicos o los grupos indígenas colombianos.
Por otra parte, tal estereotipo parece olvidar (o desdeña) una realidad innegable: los Andes alberga un conglomerado de razas fundidas en un mismo estrato mestizo, que agrega a los componentes originarios los europeos y africanos. Todo eso también debería formar parte de una supuesta “cultura andina”.
Cualquier intento de definir la cultura tradicional debería incluir elementos muy genéricos de la misma compartidos por gran parte de los habitantes de la cordillera. Sin embargo, no debería olvidarse, dado que cada rincón de los Andes es prácticamente un mundo en sí mismo, que dicha definición sólo será un nuevo artificio para reducir este universo a determinadas categorías, las cuales difícilmente mostrarán su enorme diversidad y complejidad.
    El río, la yareta, el viento y las quebradas / los puso ahí nuestro Dios / Pachacamac, creador de todas las cosas. / Nosotros pusimos las pircas / y fuimos acomodando la vida. / Nos hicimos naturaleza / y la madre tierra nos acogió en su seno / y nos acurrucó en sus brazos. / Por eso somos río, / somos piedra, / somos montaña.

    Arak Pacha. “Pachacamac”. Del álbum “Por los senderos del indio”.
En primer lugar, se detecta una estrecha relación entre el hombre y su entorno natural. La razón es obvia: desde épocas prehispánicas hasta hoy, los distintos pueblos andinos han sido principalmente agricultores y ganaderos, y dependen del medio ambiente y del éxito de sus faenas rurales para sobrevivir, e incluso para mantener las economías regionales y nacionales. De ahí que sea perfectamente comprensible la presencia de ritos, costumbres, cantos, refranes y tradiciones relacionadas con el suelo, los animales y las cosechas. Este vínculo ser humano-medio ambiente se ve reforzado por la creencia en entidades como la Pachamama Aymara y Quechua o la Ñuke Mapu Mapuche: la “Madre Tierra”. Tales representaciones de la tierra/planeta como madre, como hogar, como un ser vivo que interactúa con los hombres, los sustenta y requiere cuidado y respeto, son parte de una cosmovisión en la que el hombre es, simplemente, una parte más del todo y no su amo.

Pachamama, en Wikipedia.
Ñuke Mapu, en Wikipedia.


Son muchísimas las expresiones culturales relacionadas con la tierra, los cultivos, el ganado, las minas, la caza o la recolección de alimentos. Instrumentos musicales, tabúes, danzas, cantos, plegarias, rituales propiciatorios, ceremonias, festejos, costumbres: todos ellos intervienen en la relación hombre-naturaleza.
Otro aspecto destacable de la cultura tradicional de los Andes es el mestizaje a todos los niveles. En el ámbito religioso, la fusión de las deidades aborígenes con el panteón cristiano impuesto por los conquistadores llevó al surgimiento de un nuevo repertorio de oraciones, festejos, ofrendas, imágenes, promesas y fidelidades. El diablo asociado a los espíritus de las minas o la Virgen fusionada con la Pachamama son ejemplos claros. Expresiones como la Diablada de Oruro o la Fiesta de La Tirana, rituales como los del Qoyllur Rit’i (ver) o los de la Virgen de Copacabana, o los mismísimos Carnavales: el encuentro de distintas raíces dio frutos híbridos, que hoy en día florecen en tierras andinas junto a expresiones auténticamente ancestrales, como el Ngillatún Mapuche, la chaya o la fiesta del Yamor ecuatoriana, y otras de corte puramente europeo.

Diablada, en Wikipedia.
Fiesta de La Tirana, en Wikipedia.
Fiestas del Perú, en Wikipedia.
Virgen de Copacabana, en Wikipedia.
Carnaval en Bolivia, en Wikipedia.
Nguillatún, en Wikipedia.
Fiesta del Yamor, en Wikipedia.


En otros campos, la hibridación de culturas generó rasgos tan fascinantes como las “bandas de cobre” empleadas en celebraciones tradicionales; los cantos quechuas que mezclan estrofas en castellano; el uso de instrumentos prehispánicos para honrar a vírgenes y santos de tez blanca; o los rasgos cada vez más europeos de los rostros de los Ekekos.

Equeco, en Wikipedia.

El acento en lo comunitario es otro rasgo preponderante en las distintas sociedades andinas. El sentido de unión dentro de una comunidad determinada (sea una aldea indígena o un barrio periférico de una gran ciudad) es notable. Ese hecho se refleja claramente en muchas expresiones culturales. Las comparsas y grupos de danza, por ejemplo, representan a una comunidad determinada dentro de un festival (Carnavales, procesiones, “entradas”). Igualmente, a la hora de formar las tropas de zampoñas, pinkillos o tarkas, todos participan. El músico o danzarín solista no se entiende en los ámbitos más tradicionales, ni siquiera en los más modernizados. Los procesos de siembra y cosecha, la minka o trabajo colectivo para construir casas o reparar acequias, las corpachadas y marcas del ganado, las celebraciones de acción de gracias a los “espíritus de lo alto” o a las fuerzas de la tierra, los convites al Tío (el “diablo” o señor de las minas) para solicitarle su protección: todo se hace en comunidad.

Minka, en Wikipedia.

Otra característica tiene que ver con la importancia de por los productos agrícolas y ganaderos, que modelan tanto la gastronomía como la indumentaria tradicional, mestiza y moderna. Los platos típicos de los Andes tienen una fuerte base de maíz, calabaza, ají y porotos (valles y montañas) y de quinua y tubérculos como la papa (altiplanos). Por su parte, las vestimentas más arraigadas poseen un fuerte componente de lana (llama, oveja) y cuero. En este último campo, los textiles han jugado un fuerte rol identitario: colores y diseños pueden señalar la edad, el estatus social, el origen étnico o el estado civil o emocional de una persona.
Si bien el empleo de la hoja de coca (importante producto agrícola boliviano) ha sido remarcado como un rasgo de la “cultura andina”, está más asociado a ciertas áreas de Bolivia y el sur de Perú que a los Andes en general. Ritos como la adivinación mediante hojas de coca, las ofrendas de esa planta a las fuerzas a la Pachamama o su presencia en la mesa de los adivinos paqu o en los altares apachita son, asimismo, elementos pertenecientes a las mencionadas áreas, y no son extrapolables al resto de la geografía andina.
Teniendo en cuenta todo esto, hablar de una “cultura andina” única y homogénea tiene tan poco sentido como hacerlo de un solo tipo de “música andina”, o de una sola “lengua andina”. Cada región posee sus características particulares, y si bien existen elementos comunes presentes en todo el mundo andino que parecen conferirle una apariencia homogénea, la diversidad es lo que mejor caracteriza la riqueza cultural de los Andes. Su sorprendente abanico de pueblos y tradiciones convierte a esta región en una verdadera mixtura de colores, texturas, sabores, sonidos y olores. Y es esta extraordinaria diversidad la que “Tierra de vientos” intentará abordar número tras número en esta sección.
    Nosotros cantamos / o tratamos de cantar / lo que el hombre de nuestra tierra canta / y sentir / lo que la gente de nuestra tierra siente. / Por eso nuestro canto / muchas veces no florece ni contento / ni alegre. / Pero vamos a seguir cantando / porque no queremos perder / los últimos vestigios de nuestra cultura.

    Arak Pacha. “Me voy, me voy”. Del álbum “Por los senderos del indio”.